martes, 5 de marzo de 2013

ABUSO SEXUAL: LA HISTORIA DE DAHIANNA


abuso sexual infantil caso clinico


Conocí a Dahianna (1) cuando todavía era estudiante. Estaba internada en el Hospital donde hacía mis prácticas de Enfermería.

El Servicio de Pediatría nos recibía como parte de nuestras actividades curriculares; allí llevábamos a cabo la atención de los niños hospitalizados.

Llegué ese día a clase como siempre en las mañanas. Me asignaron a una niña para trabajar, y tenía yo la costumbre de no leer los datos de la historia clínica sino que primero solía ir a presentarme y conocer a quien ese día sería mi paciente, para luego sí, comenzar a leer, informarme de la situación de enfermedad y planificar los cuidados.

Mis visitas de presentación duraban alrededor de cinco minutos. Mi objetivo era que la persona supiera quién le iba a atender, ya que la Auxiliar de Enfermería de sala al ceder a ese paciente para nuestra práctica ya no se presentaba en esa habitación, salvo para ayudarnos en alguna cuestión puntual. En ocasiones acudía aún antes de conocer el diagnóstico del paciente.

En forma habitual les decía mi nombre, y les contaba que estaría trabajando con ellos como estudiante.

Luego les preguntaba su nombre, a veces les hacía algún comentario o broma como para lograr cierta empatía y que no me temieran por mi escasa experiencia. Siempre les aclaraba que mis tareas eran supervisadas por mi profesora, a fin de darles tranquilidad, luego volvía a la Enfermería.

Sin embargo, esa mañana y los días sucesivos, me marcaron de una forma especial.

Llegué a la habitación de Dahianna, sin información acerca de la causa de su internación.

Al entrar sólo ví a una niña de once años que hacía poco se había despertado. Se encontraba en su cama, en posición fetal. Miraba hacia la puerta. Tenía extendido uno de sus brazos, allí donde le habían colocado una vía venosa, para administrarle medicación.

La expresión de su rostro no podría aún definirla. Su mirada era atenta y asustada a la vez. No recuerdo muchos pacientes que me hayan mirado como Dahianna me miró ese día.

Hice mis tareas de siempre: la saludé, me presenté, tomé asiento a su lado, sonreí, le pregunté cómo se llamaba.

Ella dijo su nombre sin mirame a los ojos. Su voz era suave, parecía temerosa o avergonzada.

Le pregunté entonces:

-Cuéntame Dahianna, por qué estás aquí, que te pasó?

-Por una violación.

Esa fue toda la respuesta. Dahianna se encontraba tan traumatizada, que ni siquiera podía decir: "Me violaron"

Se refirió acerca de un hecho sumamente íntimo y devastador como si le hubiera ocurrido a otra persona. Con el tiempo aprendí que esta manera de referirse a lo ocurrido es bastante habitual en casos de abuso sexual.

Quedé paralizada. Describiría lo que sentí con estas palabras: rabia, impotencia, furia, indignación, pena, y no serían aún términos suficientes.

De una forma instintiva, visceral, comencé a acariciar su cabello. Tenía un cabello hermoso. Me quedé en silencio. Luego ella se acomodó en la cama, hasta que pudo mirarme.

Me animé a tomar sus manos, las tomé con suavidad pero con firmeza. Ella recibía ese gesto mirándome en silencio. Intenté mirarla a los ojos, aunque no siempre lo conseguí, porque eventualmente desviaba su mirada.

Así permanecimos como diez minutos. Hice mi mejor intento para que mi voz sonara suave, firme, segura, cálida.

Entonces le dije que debía salir, y que en un momento estaría de nuevo con ella. No respondió.

Camino a la Enfermería, iba pensando cómo haría para trabajar una situación así. Las lágrimas me rodaban por las mejillas, se lo conté a mi profesora, y le expresé en qué aspectos centraría mi valoración, qué elementos de la atención priorizaría, para poder confeccionar el Proceso o Plan de Atención de Enfermería para Dahianna. Hice preguntas. Escuché consejos.

Volví con ella, intenté conocer más, y en especial me preparé para recibir manifestaciones de Dahianna que no sabría claramente como trabajar.

Esperé más de una hora para hacerle preguntas. De principio sólo hice las cosas de rutina, iba explicándole qué haría antes de hacerlo. De a poco, sin que percibiera apuro de mi parte, fui completando sus cuidados. Luego me senté a su lado nuevamente.

Sólo le dije: "¿Me permites quedarme aquí contigo?"

Así pude preguntarle con quienes vivía, en dónde, qué cosas le gustaban, si tenía hermanos, si había podido aprender a leer y escribir, muchas preguntas que no eran directas sobre el abuso.

Evité tocar cualquier tema corporal: ni elogiar su cabello, ni decirle que debía bañarse, ni nada que involucrara a su aspecto físico. No intenté que mi valoración la expusiera más a mí, porque ya se había hecho al ingreso. Intenté evitar la sobreexposición aunque me quedara sin completar mi propia valoración.

Evité comentarios tendientes a intentar mejorar su ánimo, ya que no existen en esos momento tan traumáticos frases que puedan resultar motivadoras por más elogiosas que sean, a excepción de las que puedan favorecer una percepción de seguridad por parte de la víctima. 

Me enteré que tenía cinco hermanos, que ella era la mayor de todos, que vivía sólo con su madre, que su padre iba a veces a verlos. Provenía de un entorno marginal. Había dejado sus estudios al finalizar primaria.

Fue recién entonces que tomé valor y con suavidad le dije:

-¿Quieres contarme quién te hizo eso?

Y sólo respondió: Fue un tío.

De nuevo se quedó en silencio, y de pronto rompió a llorar. La acompañé en ese silencio que sólo rompía su llanto. Mi mano estaba allí, sólo mi mano, no mis palabras, sosteniéndola todo lo fuerte y segura que podía. Ya no habló más. No cabía preguntar cómo fue. No había un motivo para presionarla a decir cómo había ocurrido todo.

Los sucesivos encuentros con Dahianna fueron un poco más accesibles para mí. Apareció su abuela, y pude conversar con ella. Logramos que se levantara, y que acudiera a higienizarse. Consiguió mirarse en el espejo, peinarse, aunque no sé muy bien si se veía o peor aún, qué podía sentir al verse.

Le propuse a Dahianna dibujar y me obsequió dibujos que entregué a la psicóloga que le brindaba apoyo. Sólo conservo hasta hoy un dibujo de ella que guardé para mí y tiene su firma.

Con los días fue dada de alta y me quedé sin conocer su sonrisa. Sólo llegué a ver un esbozo de sonrisa, más parecida a una mueca apenas, cuando me veía llegar.

Trabajar con una niña víctima de abuso sexual te da sólo una certeza, que llamaría mejor incertidumbre: nunca sabes cuándo podrá volver a sonreír. Y ese es un dolor que como profesional y como persona te queda, te lo llevas contigo.

Todavía creo que nada de lo que hice en esos momentos fue demasiado profesional. No sólo por ser estudiante y tratarse de mi primer contacto con esta realidad, sino porque las situaciones de abuso nos tocan más allá de nuestros roles.

Nos movilizan como personas en todos los sentidos, en nuestro sistema de creencias y valores, en nuestra apreciación social acerca de lo que es correcto y lo que no lo es, nos hace identificarnos como hombres y mujeres aunque nunca lo hayamos experimentado nosotros mismos, y si experimentamos situaciones relacionadas con el maltrato, nos hace reeditar esas situaciones de nuestra historia previa, lo cual puede incluso imposibilitar nuestra atención oportuna a los niños.

Nos pone en riesgo emocional y disminuye la calidad de ayuda y atención a nuestro paciente, si intentamos abordarlo solos, y sin ayuda de otros integrantes del equipo de Salud, haciéndonos actuar en una forma ineficiente.

Cuando aprendemos Enfermería nos enseñan que no debemos sostener una actitud juzgadora, que no podemos emitir juicios de valor acerca de las circunstancias por las que pasan nuestros pacientes.

Pero es muy difícil mantener una actitud profesional donde no llegues al menos a expresar en un círculo muy privado de colegas como te sientes con respecto a ello.

En lo personal considero que la única forma en que consigues trabajar mejor estos casos, es pudiendo verbalizar lo que como persona te genera, ya que recibes apoyo de los demás y eso favorece un mejor abordaje del problema.

Pero cuesta mucho que consigas evitar algunos calificativos acerca de estas actitudes por parte de algunas personas hacia los niños.

Debes cuidar que esas apreciaciones no lleguen a trasladarse hacia tu paciente durante la atención, porque ciertamente el niño no está allí para que le digamos nuestro punto de vista.

Está para que comencemos una ardua tarea de reconstrucción de su autoestima, tarea que no podemos hacer solos, que tomará un tiempo largo, y en especial una tarea donde no siempre colaborará su entorno. Tampoco podemos decir lo que opinamos a la familia.

Me quedaron dudas acerca de Dahianna. No he podido evitar formularme inquietudes acerca de su futuro. Solo expresaré las que  puedan ser útiles para ubicarnos con respecto a las posibles secuelas del abuso sexual.

Me pregunto por ejemplo como habrá sido su integración en su grupo de pares, cómo habrá conseguido desempeñarse sexualmente, cuál será actualmente su orientación sexual, cómo habrá reaccionado ante una caricia, que habrá experimentado en sus relaciones sexuales con su pareja, si será feliz sexualmente hablando.

Me pregunto si alguna vez habrá logrado volver a mirar a un hombre que no sea su padre y sentir confianza en él, si habrá conseguido formar una familia, si en su familia existe y permite la violencia, si será hoy adicta a las drogas o si habrá querido suicidarse.

Y aunque continué intentando aprender acerca del diagnóstico y los cuidados de Enfermería en niños y adolescentes víctimas de abuso, el abuso sexual es algo que espero nunca acostumbrarme a trabajar y por una razón moral creo que nadie desea tener que acostumbrarse.

Por eso siempre pido que ese sea el último niño que tenga que ver sufriendo estas situaciones. Desgraciadamente no es así. La mirada de Dahianna es algo que me acompaña, y que he podido apreciar en otros niños. Cuando recuerdo esa mirada, o cuando veo su dibujo, sólo puedo pensar en las cosas que aún nos falta por hacer.


(1) Dahianna es el nombre que he elegido para la presentación de esta historia.